lunes 16 de noviembre de 2009

Casanova, el oficio de amar

MANUEL DE LA FUENTE | MADRID

Su oficio fue vivir, su profesión, amar. Fue veneciano descendiente de aragoneses de pro (los Casanova), hijo de comediantes, leguleyo, seminarista, predicador tonsurado, militar, tornero, violinista, jugador casi empedernido, autor teatral, lotero, preso, espía, confidente, cabalista, masón, duelista, moroso, ilustrado (ilustradísimo, más bien), dilapidador, bibliotecario. Viajó por todos los paisajes de la Europa del XVIII (de Madrid a Moscú) y recorrió con detenimiento docenas de geografías humanas, docenas de cartografías de la pasión, docenas de mapas del deseo: Teresa Imer, Lucrezia, Marton Savorgnan, Teresa Lanti, Angiola Caroli, Henriette, Caterina Capretta, Maria Morosini, Giustiniana Wynne, Manon Balletti, doña Ignacia, Mariuccia, Guglielmina...

Trató de tú a tú a reyes (Federico II de Prusia, Luis XV de Francia) y reinas (la zarina Catalina II de Rusia), no fue juez y casi siempre fue parte, conoció a príncipes, conoció a mendigos, y acabó su vida olvidado de casi todos. Pero antes, con más de medio siglo a cuestas, en 1789, quiso dejar constancia por escrito de su existencia intensa y desbordante, de sus días (y sus noches, muchas noches) vividos a quemarropa, existencia apurada hasta el último sorbo y compilada con el nombre de «Giacomo Casanova. Historia de mi vida», más de tres mil páginas cuya versión original completa es por fin traducida al español y publicada entre nosotros por la editorial Atalanta.

Antorcha en mano

Quien ha llevado a cabo esta hercúlea y exhaustiva tarea de traducción y de las innúmeras notas al margen a pie de página ha sido Mauro Armiño. Antorcha en mano hace de guía en esta inmensa ciudad de los prodigios que son las memorias del amante veneciano. La primera dificultad ha residido para Armiño en «intentar trasladar el lenguaje directo, de relato oral, de un Casanova que maneja más o menos bien el francés; ese más o menos quiere decir que a veces su sintaxis no es muy buena, que aprendió algún término equivocadamente y siguió con el error hasta el final. Lo más difícil ha sido eso, desde luego, no salirme del lenguaje directo y de la oralidad».

Parte del camino, el biográfico, tal y como cuenta Mauro Armiño, ya había sido abierto «por los casanovistas desde los años veinte del siglo pasado, que desbrozaron todos los vericuetos y misterios que «Historia de mi vida» encierra; con su investigación trataron de responder a quienes en aquella época tenían las memorias de Casanova por una novela. Han rebuscado en todas partes, desde partidas de nacimiento hasta actas de defunción del menor de las personas citadas, y ahora sabemos de cada paso que dieron; tarea muy difícil, porque si es fácil saber quiénes fueron Catalina de Rusia o el conde de Aranda, la historia de mi vida está poblada por personas que no fueron, como ésas, históricas. He aprovechado, lógicamente, todo ese corpus casanoviano, al que he añadido algunas precisiones sobre los personajes españoles o he aprovechado estudios de última hora, como la biografía del fascinante chevalier d´Enghien aparecida este mismo año».

«Casi oral»


Escribía como si hablase, como si Casanova quisiera hechizar y seducir con su don de lenguas («hace un relato casi oral: es como si el lector estuviera pasando la tarde con él, sentados frente a frente al amor de la lumbre», dice Armiño), y lo hizo en francés, «que era en el siglo XVIII la lengua común de la aristocracia de toda Europa, mientras que su lengua materna, el italiano, aún no estaba unificado y cada República hablaba un, llamémoslo así, "dialecto" que dificultaba su universalidad».

Según el traductor de estas casanovescas memorias, Giacomo tira del hilo de su memoria «para rememorar los sucesos de su vida y para justificar su existencia, que le ha traído y llevado por las cortes y las cárceles de toda Europa. Y también rendir, desde la vejez, un homenaje a algunos de los amores más luminosos que tuvo».

Escenas de amor que en algún pasaje fueron censuradas por escabrosas en la primera versión de Jean Laforgue de principios del XIX, aunque Mauro Armiño subraye y explique que «ni siquiera eran escabrosos para finales del XIX ni principios del XX; aunque hay que tener en cuenta que la censura del XIX fue tan rigurosa y desmedida que Baudelaire o «Madame Bovary» -que hoy leen en Francia los bachilleres en clase- fueron condenados en los tribunales».

Cosmopolita, insaciable curioso, amigo del buen fogón, del buen caldo, y de la mejor cama, culto, refinado, intelectual («era un hombre culto, que tiene sus latines, y con ellos toda la cultura clásica aprendida en la adolescencia»), viajero impenitente e incansable («fueron el Destino y la Necesidad las que lo convirtieron en viajero incansable; desea conocer otros países, pero lo cierto es que siempre pasa las fronteras perseguido«), Casanova fue «desde luego un hombre de su tiempo; quizá el hombre más de su tiempo, un Ilustrado insatisfecho que busca aquí y allá los diferentes modos y las diversas costumbres que hay en casi toda Europa. Su visión del mundo era, desde luego, una de las puntas de lanza de su época».

Don Giacomo también escribió novelas y análisis literario sobre el «Ariosto», por ejemplo, y trabajó junto a Lorenzo da Ponte y Mozart en el libreto del «Don Giovanni», más rostros de este hombre polifacético, poliédrico, todo un personaje, pero no creado por él mismo a traves de estas memorias, como ratifica Mauro Armiño: «Todo su relato es verídico, no hay fabulación, salvo algunos pasajes novelescos; y no se inventa él como Casanova, porque cuando aparece por las cortes europeas todos saben quién es, qué hace y a qué se dedica, a seducir y fascinar mujeres».

La política, sin embargo, no se asoma a estas páginas, salvo de una manera circunstancial, como por exigencias del guión. «Sí, apenas si hay alusiones de tipo político -matiza el traductor de la obra-; por supuesto, echa pestes contra su Venecia natal, su patria, hasta el momento en que, ya cansado de tanto trajín, quiere volver y ganarse la confianza de un patriciado al que le había sentado como una bofetada la carcajada que recorría Europa cuando todos invitaban a sus cenas a Casanova, desde el rey Luis XV hasta nuestro conde de Aranda, para que les contase su fuga de los Plomos. Alguna alusión contra la Revolución Francesa que había despojado a la aristocracia de sus oropeles y su poder, porque además de las mujeres, lo que Casanova también persigue es entrar en ese círculo».

Relato de costumbres


Más bien y, sobre todo, nos encontramos en estas tres mil y pico páginas, «además de un relato de costumbres que ahora nos parecen exóticas pero que fueron las de nuestros abuelos de hace cinco o seis generaciones, con un manual de seducción, al menos el ejemplo palpable de los poderes de fascinación que tenía Casanova». Mito, leyenda, con qué cara, con qué credenciales ha pasado el seductor veneciano a las páginas de la historia. «Sus hechos, su visión del mundo no dan para que se convierta en un mito clásico, como Don Juan o la Celestina, él se incrusta al lado de esos dos mitos como ejemplo de la vida real; es decir, entra en el mito pero por la puerta de servicio. Casanova es un individuo que se explica, se justifica y, en la vejez, repasa los momentos trágicos, aciagos, amorosos, dulces, etcétera, de una vida nada ejemplar que resulta una afirmación de la libertad del individuo en una época en que este concepto se desconocía».
«El amor no se busca, se encuentra», escribió el poeta. Giacomo Casanova, de oficio, enamorado, de profesión, sus conquistas, lo convirtió en la empresa de su vida.
Dos siglos esperando la edición íntegra
Se cree que, probablemente, Giacomo Casanova empezó a escribir su autobiografía en 1789, en el otoño de su vida, cuando era bibliotecario del conde Walstein, en Bohemia, ya enfermo y en el otoño de su vida. Sus memorias quedaron en poder de su sobrino, Carlo Angiolini. Permanecieron en poder de la familia hasta su venta, en 1820, al editor Brockhaus de Leipzig, quien la edita, en unión de la editorial francesa Plon, en doce volúmenes entre 1826 y 1838 por Jean Laforgue, quien limpia la obra de italianismos y «escabrosidades». En 1960 se realiza una nueva edición por los mismos editores, que parte del manuscrito original y lo transcribe íntegramente y respeta la ortografía y la puntuación. Cincuenta años despúes, al fin llega la edición española de Atalanta.

Fuente: ABC

domingo 15 de noviembre de 2009

Entretenimiento para adultos


Por José Pablo Feinmann

Todos quieren a las putas. Sobre todo los escritores y las actrices. García Márquez sacó no hace mucho un libro de memorias. No lo leí, pero según el título que el sagaz colombiano le puso, sus Memorias iban entrelazadas fogosamente con las putas. Aunque no sólo con el fuego de las ancestrales trabajadoras del placer, sino con su tristeza. Memorias de mis putas tristes se llama el libro. Algunos dicen que García Márquez habrá transitado el mundo de los burdeles no a lo largo de años, sino por dos o tres días. Para un escritor es suficiente. ¿O no trabajamos con la imaginación? Denle a un escritor una tardecita en un buen burdel y sacará de ahí una novela de 500 páginas. Añadirle la “tristeza” era indispensable. Es el toque romántico, crepuscular de la cosa.

Las putas son siempre tristes porque viven condenadas a vivir sin amor. Y cuando lo encuentran las convenciones sociales –que son siempre crueles con ellas– se lo obliteran. Belgrano Rawson me contó alguna vez que –no bien llegó de San Luis a la gran urbe– se fue a vivir a una pensión de putas. No me contó si cogió mucho o poco o nada. Ni hablamos de eso. Me dijo que eran flor de minas, buenas compañeras. Se las tiende a idealizar. Entre ellas, como en todos lados, tiene que haber buenas y malas. No me despiertan mucha ternura las de los lujosos books para business men llenos de dinero y de acciones en distintas empresas y bancos del mundo. Hay un esquema de la puta que no se detiene en éstas. Es la puta solitaria, sin amor, la que se sabe despreciada por la moral burguesa de las mujeres honestas, de las madres de familia, de las chupacirios, de las que reservan para sus esposos lo que ellas ofrecen a sus mejores clientes. Las actrices aman meterse en sus pieles, en sus almas, en sus alegrías y tristezas.

En Hollywood hay una frase: “Hacés de puta o de tarada y te ganás un Oscar”. Jodie Foster intentó las dos cosas. De puta, Taxi Driver. De tarada, Nell. Acabo de ver a Michelle Pfeiffer interpretar a una lujosa muñeca de placer de La Belle Epoque. Se enamora de un pibe y todo termina mal. El pibe la abandona por su joven esposa pero, con el tiempo, descubre que, al hacerlo, dejó atrás al gran amor de su vida y se pega un tiro. A su vez, ella descubre en su rostro el paso del tiempo, esa fiera venganza de la vida. Pero eso le permite a Stephen Frears hacerle un close up de casi un minuto y cerrar la película, ir a negro. Ese plano final de Michelle es deslumbrante: ahí se ve la soledad insalvable que aguarda a la puta en su final, cada arruga es una derrota, cada dolor ahonda la falta de frescura, de espontánea liviandad, torna denso, trágico el brillo opaco de sus ojos.

A Eva Perón fueron sus enemigos quienes insistieron en decirle puta. Al ser actriz, al venir a la gran ciudad desde un pueblo pobre, todas las sospechas cayeron sobre ella. Para colmo, la señora Mary Main escribió un best seller que se llamó La mujer del látigo. Es más piadosa ella que los garcas locales que se ensañaron con Eva. Al final, en el último párrafo del libro, dice que, si se quiere terminar con eso que “Santa Evita” representa para “los corazones simples y las almas sencillas”, nada se logrará por medio de “leyes ni decretos”. O sea, Mary Main no habría aprobado (y acaso a él se refiere en este texto) el decreto 4161 de la Libertadora que prohibía nombrar a Perón y a Evita. Peores que la señora Main fueron Martínez Estrada y Américo Ghioldi. Que así la describe: “Corta de inteligencia, deficiente de cultura y sensibilidad femenina, ignorante de las relaciones morales y civiles de los hombres, sin autocrítica, sin carga de escrúpulos de conciencia, falta de gusto, Eva Perón ingresa a la historia como una leyenda plantada en el mentidero argentino”. Pero el golpe decisivo lo dieron el guionista Tim Rice y el músico Andrew Lloyd Weber. Tomaron el libro de Mary Main e hicieron una ópera rock: Evita. Luego Alan Parker hizo la película con Madonna y se acabó.

La verdad es un producto del poder, como bien dijo Michel Foucault. Evita y puta pasaron a ser sinónimos. Poco podría asombrarnos que en una revista alemana para guiar a los “adultos” en sus “entretenimientos” figure una empresa “international” de prostitución llamada Evita Escorts. Ofrecen un servicio sofisticado. Los tipos están por todos lados. En muchas ciudades. Perseveré en comunicarme con ellos pero no pude. O quizás abandoné el intento. ¿Qué les iba a decir? “¿Por qué le pusieron Evita a una empresa que ofrece prostitutas por toda Europa?” Habrían, por qué no, respondido: “¡Porque ella fue una grande! Llevó a la cumbre la profesión. ¿O usted cree que Madonna habría filmado la vida de cualquier puta? ¿Usted es argentino? Lo felicito. Son pocos los países que pueden jactarse de tener una puta así”.

Le mostré el aviso a un amigo que tengo en Berlín. Se rajó durante la dictadura y cambió la revolución por el dinero. Se muere por hacer guita grande. Tiene un tío avaro que –razonablemente– debiera morirse. El tío no tiene herederos. O eso cree. Supone, el muy idiota, que a su sobrino lo boletearon y –según célebre frase del horror argentino– “se evaporó”. De ninguna manera. El sobrino está muy atento a la salud de su tío. Y si el maldito viejo dura mucho ya contrató a un killer para que lo retire de este mundo. Ahí sí, el dinero caerá sobre él como si el mismísimo Dios se lo arrojara amorosamente. Entonces, me dice, hará eso que –gracias a mí– acaba de descubrir: pondrá una cadena internacional de prostitutas de lujo.

Es de madrugada y hemos tomado ya demasiada cerveza. Esto agita nuestra imaginación. “Ayudame”, dice. “¿Qué nombre le pondríamos?” (Porque ya me ha hecho su socio.) Y sugiere: “¿Lady Di Escorts?”. “No está mal”, digo. Y propongo: “¿Jackie Kennedy Escorts?”. La noche renace. Entusiastas, pedimos más cerveza: “Golda Escorts?”. “Pará, escuchá ésta: Mónica Lewinsky Escorts”. “No, tengo otra mejor: Princess Grace Kelly Escorts”. “¿Y Margaret Thatcher Escorts? No, no iría nadie.” “Carla Bruni Escorts. Tendríamos líos con Francia.” “¡Ya sé! Berlusconi Escorts.” Seguimos: “Marie Curie Escorts”. “María Magdalena Escorts.” “Escuchá, ésta es buena: Eva Braun Escorts.” “Madre Teresa Escorts.” “¿Y qué tal Juana de Arco Escorts?” Ahora caminamos, vacilantes, por una calle solitaria, con adoquines que brillan por la niebla y por la obstinada Luna que sigue ahí, invencible. De pronto, mi amigo se detiene y empieza a gritar: “¡Si serán herejes irrespetuosos! ¿Cómo se atreven a decir que Evita es una puta? Evita fue una militante, carajo. Luchó por el pueblo y dio su vida por él. Y si viviera...”. Se tambalea, lo sostengo, le digo tranquilo, flaco, tranquilo. “Si viviera...” Junta aire y grita: “¡Sería montonera, carajo!”. Se pudrió todo.

Fuente: Página 12

domingo 8 de noviembre de 2009

Entender el vino

Tras realzar el sabor de todo plato, concede al alma una condescendencia que, como dijo el Dante, "entender no la puede quien no lo prueba"

El vino se disfruta estando uno sentado frente a una suculencia de pato salseado suave pero intenso por Liliana Numer en Sirop, Vicente López 1661, local 11. Esa es "la circunstancia del vino" -diría Jean Baudrillard-, que lo ubica en las antípodas de los drinks tomados after six de espaldas contra la barra. El vino es introvertido, se toma para adentro, se reflexiona: es un episodio integrado a la comida. Los drinks destilados, en cambio, son para afuera, un antiestrés en el atardecer de un día agitado; la happy hour de los americanos, hora que en Parí.

No es happy sino bleu, melancólica. Los franceses beben para olvidar a un reciente antiguo amor; nosotros, aquí, para agenciarnos uno nuevo.

Pero en los almuerzos y cenas de todos lados el vino entra dorado en la copa, entra bermejo en la boca, se une a los sabores mariscadores del mar, a los vegetales de la huerta, a las carnes rojas de la pampa, a las blancas del aire, a los hongos y los quesos y los ahumados y las terrinas y las pastas y los guisados. Es un episodio gourmet.

¿Y los bebedores de cerveza?

En una carta enviada a la princesa de Clèves (Adjutanteritte, 1883) Detlev von Liliencron reflexiona sobre el tema. "Los pueblos tomadores de cerveza -anota- son jocundos y abdominales; los fieles a la vodka, sentimentales y violentos; los del acquavit, paternalistas e introvertidos; los incondicionales del whisky, eficaces y guerreros; los adeptos al vino, hedonistas y enamoradizos. Pero cuídese, amiga mía, de los bebedores de nada: son fanáticos y habrán de traicionarte apenas te descuides".

Con el color del vino hay desconciertos. A simple vista se distingue fácil todo blanco de cualquier tinto, e incluso de un rosado. Pero con ojos vendados y vinos a igual temperatura ambiente, resulta difícil distinguir el uno del otro. Haga la prueba con amigos y verá con sorpresa que la mayoría se equivoca.

El vino blanco se hace con uvas blancas (chardonnay, sauvignon, riesling, etc.), pero también puede hacerse con uvas tintas (merlot, pinot noir...). Nada impide que en el mosto donde fermentan racimos tintos en procura de un vino tinto, algún enólogo agregue racimos blancos.

Mi maestro Raúl de la Mota me dijo una vez que en todo gran tinto del Médoc hay porcentajes de blancos sauvignon o semillón de la zona. Lo que da color al vino son, ya se sabe, los antocianos contenidos en el hollejo. Si las uvas fermentan sin presencia de los hollejos el vino resultante será blanco. Caso del pinot noir vinificado en blanco con el que se corta el Chardonnay para formar el vino blanco base de los champagnes. Si los hollejos se dejan corto lapso y después se retiran, el vino resultante será rosé (como dicen los elegantes), o sea, rosado.

En general, los blancos son vinos frescos, livianos, con aroma y sabor a fruta, hechos para consumirse jóvenes y en forma despreocupada, como los amores del verano. Son de tomar recién terminados, refrescándoles la temperatura para acompañar platos livianos, pastas salseadas fácil, gastronomías del mar (pescados, mariscos) con aderezo light, ensaladas tibias, sushis, ceviches y avecillas del cielo (patos) y del terreno (pollos, perdices) sarteneadas u horneadas poco y corto.

Los vinos tintos más bien eligen ser antípodas: importantes, reflexivos, con diversidad de aromas y sabores complejos. Vinos para ser tomados con atención, respirándoles los aromas y pensándolos en la boca. En Argentina tienen la doble ventaja de poder disfrutarse jóvenes o dejándolos envejecer en su botella, para que den de sí lo más que puedan.

Por Brasco
brasco@sion.com
Fuente: La Nación

martes 3 de noviembre de 2009

Orgías en el arte

Escrito por Comandante Norton el Sábado, 26 de Abril del 2008

El arte, como reflejo de los instintos de los artistas, ha estado siempre muy influenciado por el sexo. Y dentro del mundo de los deseos, una aspiración común entre los mortales es la participación en orgías. Como tal, son distintos los artistas que han caído al poder evocador de la imagen de varios cuerpos disfrutando al unísono, y se han volcado en hacer su particular visión de la fiesta.

George Grosz es un pintor alemán de la primera mitad del siglo XX que gustaba de representarse a sí mismo realizando algunos de sus deseos, como en este “Con dos mujeres”

[bacchanalia-leveque.jpg] Auguste Levéque nos plasma una auténtica bacanal de corte clásico

[bacanal-tiziano.jpg]
No os penséis que esto de las orgías es de gusto meramente de artistas modernos, y contemplad esta obra de Tiziano llamada simplemente Bacanal

[edouard-henri_avril_25-copia2.gif] Édouard-Henri Avril es bastante más explícito en este cuadro que ilustra la explicación de Orgía en la Wikipedia. Cuerpos completamente desnudos y disfrutando sin tapujos del sexo más explícito

[bacanal-rubens.JPG]
Para Rubens, las bacanales eran cosa demoníaca realizadas por seres del averno, y tenían un componente feo y tosco. Era la única forma de poder pintar el sexo explícito. Los autores modernos, en cambio, no necesitarán excusas

[bacchanal-picasso.jpg]

“El arte nunca es casto”, decía y demuestra Picasso en esta imagen cubista y distorsianada de las orgías, que además fue un gran amante del sexo y de las mujeres.

[maquinita2-carla.jpg]

Carla Peria es una arista argentina que desarrolla parte de su trabajo en el tema de las orgías y bacanales. Su trabajo es tremendamente interesante. No os perdáis su web la maquinita del placer.

Por último me permito recomendaros el libro de Catherine Millet “La vida sexual de Catherine M.”, en el que la directora de la revista Art Press nos desvela su intensa y desenfrenada vida sexual, gran degustadora de orgías. El mundo del Arte y las orgías cerca de nuevo.

Fuente: nosolodepanviveelhombre

lunes 2 de noviembre de 2009

¡Emborrachaos! (lo dice Baudelaire)

Baco, de Caravaggio

La editorial Melusina trae una pequeña gran sorpresa: 'Tratado del buen uso del vino'

Por TIPOS INFAMES* (SOITU.ES)
Actualizado 28-10-2009

Pocas cosas tan gratificantes como apurar un libro gota a gota mientras nos perdemos en el carmesí de un buen vino. Notar cómo la lectura se va iluminando a medida que nuestro paladar se ensancha es uno de los pocos placeres que nos van quedando y que podemos permitirnos. Por ello no es raro que muchas páginas de la mejor literatura guarden el sabor amargo del tanino (cuando no las manchas provocadas por un breve despiste). Vinos y libros, pasiones que compartir, pero también en las que es fácil perderse. De esto hablábamos los Infames a raíz de una pequeña gran sorpresa que nos acerca Melusina: 'Tratado del buen uso del vino', el cual es magno y perenne para entretener cuerpo y alma e inestimable contra los disparejos padecimientos de los miembros interiores y exteriores, de François Rabelais (1494-1553)

Un libro destinado a lectores y bebedores pantagruélicos por igual... no por su tamaño, ciertamente, sino por el disfrute que a buen seguro proporcionará a quienes decidan descorcharlo. Para el Maese Alcofribas (trasunto del propio Rabelais) el uso del vino es, junto al empleo del verbo esmerado y la plegaria ferviente, lo que distingue al hombre del resto de las criaturas terrestres. Por ello es obligado establecer una serie de normas para su buen uso, entre las cuales estarían el comenzar a beber desde que despunta el día, el hacerlo siempre en la mejor compañía y, sobre todo, evitar ese espantajo de la vida que es el agua. Entre los muchos beneficios que según Rabelais aporta este salutífero caldo, detalla cómo éste nos moverá a lo largo del día, unas heces firmes y regulares, que el sabio Epistemón juzga papales, porque son infames por naturaleza (perdón, quisimos decir infalibles)... y os proporcionará una meada sana y rosada, aterciopelada como cornamenta de ciervo en primavera, mientras que los bebedores de agua mearán turbio y azufroso. Y el vino os proveerá de una verga vigorosa y bella, que blandiréis a voluntad (esto un servidor lo pone en duda) y observaréis con contento.

Este opúsculo se completa con 'Los sueños raríficos de Pantagruel', una serie de inquietantes grabados cercanos al mundo onírico de El Bosco y que se han atribuido indistintamente a un alucinado artista francés como a un misterioso satanista. Sea obra humana o demoníaca, el conjunto es una obra deliciosa que disfrutarán por igual rastreadores de botijos, alzadores de botellas y otros animales descorchadores.

Pero el caso de Rabelais no es único. La presencia del vino es una constante en la literatura universal que puede ser rastreada desde sus mismos inicios. No sabemos si conocen ese best seller que es la Biblia, pero está repleto de fantásticos banquetes en los que lo vinícola es parte importante... sólo les diremos (no queremos fastidiarles el final) que el protagonista tiene la capacidad de tornar el agua en vino, algo que hasta el momento los Infames no hemos conseguido.... Y partiendo de aquí podríamos hablar de nuestra literatura medieval, pasar por Cervantes y llegar hasta tiempos más recientes... ¿de verdad nadie ha reparado en que 'El Jarama' nos habla de un botellón que organizan unos jóvenes en plena posguerra? Esto por no hablar de la cantidad de escritores o juntaletras que de continuo encontramos pontificando en las barras de los bares porque eso nos obligaría a dar muchas explicaciones que no estamos en condiciones de ofrecer... tal vez sea porque al igual que Gonzalo de Berceo, muchos escritores se den por pagados con 'un vaso de bon vino'. Sea como fuere, aquí van otras recomendaciones infames sobre el asunto que hoy nos ocupa:

* Charles Baudelaire: 'Las flores del mal' (nuestra edición favorita es la reciente de Nórdica). Cuando se habla de paraísos artificiales parece un tópico recurrir al francés, quien dedicó una serie al vino dentro de su libro más conocido. Sin embargo nosotros nos vamos a quedar con esta exaltación de la embriaguez que se lee en 'El esplín de París': hay que estar siempre borracho. Ésa es la clave, ésa la única cuestión. Para no sentir la terrible carga del tiempo que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que emborracharos sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía, de virtud, a vuestro antojo. Pero emborrachaos. A la orden, maestro.

* José Manuel Caballero Bonald: 'Breviario del vino' (Seix Barral). Recomendamos la edición de Barral por ser de más fácil acceso, pero a nosotros quien nos descubrió esta joya fue el santo bebedor Pepe Esteban. Conste en acta. La memoria del vino se convierte en la memoria misma de los hombres a través de este ensayo, que no se lee como tal, sino como nos beberíamos un buen caldo: paladeándolo.

* Grégoire Bouillier: 'El invitado sorpresa' (Mondadori). Apareció el año pasado por nuestras librerías y de ellas se esfumó sin apenas hacer ruido. Tal vez esto fuera debido a su pequeño tamaño, pero dentro hay una historia que atrapará a los devotos de Vila-Matas y los introducirá dentro de una (carísima) botella de Margaux de la que les costará escapar. Un libro que demuestra que sí, que es posible recomponer las piezas de un corazón roto y al mismo tiempo recobrar la fe en la literatura, que siempre termina por convertirse en el invitado sorpresa.

Salud.

Este texto infame se terminó de escribir el primer día de abril de 2009 derramando en el empeño una botella de Izadi siguiendo el ritual de los devotos de la sin par Melusina.

Fuente: soitu

domingo 1 de noviembre de 2009

Tema y Variaciones

xxxxxxxI
La Reforma y la Contrarreforma fueron movimientos religiosos anti-higiénicos. El acto de bañarse quedó virtualmente demonizado, asociado a la hechicería, a la promiscuidad sexual y a la impúdica exhibición del cuerpo desnudo. Los numerosos baños públicos del medioevo fueron cerrados. Bajo el influjo de la ideología de la iglesia, los médicos del siglo XVI proscribían el baño como un acto nocivo para la salud. La propagación de la sífilis en Europa tuvo también una incidencia en la falta de higiene colectiva. Por paradoja, no bañarse era una práctica profiláctica, que supuestamente contribuía a prevenir el contagio de ésta mortífera enfermedad, importada desde el Nuevo Mundo. Todavía en la primera mitad del siglo XIX los franceses solían bañarse sólo una vez al año y en las postrimerías del siglo XIX, cuando Edgar Degas realizó unos pasteles en los que mostraba a mujeres secándose los dedos de los pies, éstos motivos iconográficos eran considerados como representaciones obscenas.

II
Es por eso que el baño, en esta pintura anónima de la Escuela de Fointanebleau de finales del siglo XVI, no debió tener propiamente hablando un carácter higiénico. Lo más plausible en este caso es que el aseo fuese un acto destinado a prolongar la tersura de la piel. Un baño en vino o en leche, a los que se les atribuía propiedades rejuvenecedoras. El desnudo era, por otra parte, un modo de exaltar la belleza de los personajes. El retrato de una mujer desnuda tenía el sentido de afirmar que la modelo poseía una belleza física ideal, comparable a divinidades grecolatinas como Diana o Venus.

III
Hoy se tiene la certeza de que una de las mujeres que aparece en la pintura es Gabrielle D’Estrees, una cortesana –célebre por su belleza, sus intrigas palaciegas y su disipada vida sexual- que arribó a la corte cuando contaba con quince años, en 1575. Así que, si el cuadro fue pintado hacia fines del siglo, la modelo podría estar perfectamente cerca de sus cuarenta. Se cree que el otro personaje sea una de sus hermanas, Julienne, Duquesa de Villars. La refinada caricia del pezón podría, por tanto, indicar una relación lésbica e incestuosa; pero lo más posible es que se trate de un roce que significaba que Gabrielle D’Estrees se encontraba encinta. Este era prácticamente un código instituido. El vientre abultado era un rasgo de belleza física, y resultaba insuficiente para transmitir la idea de que una mujer estaba embarazada.

IV
La influencia de los retratos de la llamada Escuela de Fointanebleau puede reconocerse en una figura como el pintor surrealista belga Paul Delvaux, pero numerosos creadores contemporáneos se han encargado de hacer versiones del retrato de Gabrielle D’Estrees y su hermana, casi siempre con fines hedonistas, humorísticos o subversivos. Hice una búsqueda en google y encontré estas imágenes, entre muchas otras (como, por ejemplo, parodias que se sirven de simios, de modelos masculinos o hasta del contraste entre dos hermanas gemelas, una de las cuales tuvo que recibir un severo tratamiento contra el cáncer de mamas)

He aquí algunas de las variaciones contemporáneas que me parecieron más logradas.

Michael Sanders

Una vez olvidado el código de representar a la mujer embarazada mediante el acto de palpar uno de sus pezones, la caricia tiene un carácter erótico más unívoco. Al igual que en la pintura del siglo XVI, el roce queda reducido a la presión de la yema de los dedos, como parte de un juego sensual aséptico, que persigue sobre todo la exacerbación del placer. Las modelos de Sanders parecen despojadas de cualquier emoción. Un detalle en el que tienden a insistir los creadores contemporáneos es el parentesco físico de los personajes, que hace más directa la alusión a una relación incestuosa.
(?)
No he podido dar con la identidad de este artista asiático (conjeturo que sea japonés). El autor conservó un rasgo de la pintura original que, hasta donde puedo ver, desatienden los otros creadores: la importancia del maquillaje, aquí complementada con el empleo de las pelucas. La sensualidad queda acentuada por el ambiente teatral que agregan las ornamentaciones y el brillo de las telas. Las miradas de las modelos parecen dirigirse al espectador en una actitud provocativa y exhibicionista.

Olivier Christinat

En la fotografía de Olivier Christinat, las miradas desafiantes de las modelos, la significativa unión de las manos y el hecho de que los personajes estén sentados – como si se sugiriera que asisten a un interrogatorio, enfrentan la autoridad paterna o bien están a punto de recibir una consagración legal de la union- apuntan a la poderosa atracción sexual y afectiva de la relación incestuosa. El espectador queda en el lugar de la autoridad que debe juzgar la transgresión.

Bettina Rheims

En esta pieza de la serie El libro de Olga, de Bettina Rheims, la referencia a la pintura de la Escuela de Fountanebleau está sutilmente indicada por el marco del espejo, que se ha hecho coincidir con los bordes de la fotografía y que recuerda al de la pintura original.

Fuente: temayvariaciones

sábado 31 de octubre de 2009

Miedos de la infancia



Joshua Hoffine es un fotografo norteamericano procedente de Kansas que se especializa en realizar fotografías espeluznantes. Las fotografías de éste hombre plasman los más profundos temores de muchas personas, inspirándose principalmente en películas de terror y cuentos de hadas (pues hay unos verdaderamente aterradores), y usando a sus familiares y amigos como modelos para las fotografías.

Un aspecto importante que hay que recalcar, es que Hoffine casi no utiliza programas de edición como photoshop para realizar sus fotografías, lo que hace de su trabajo algo todavía más espectacular.

Disfrútala!

Artista: Joshua Hoffine

Visita: Miedos de la infancia

Vía: FayerWayer